martes, 19 de septiembre de 2006

El espejo

Hace unos ayeres, como resultado de una clase de crítica literaria, nos encomendaron practicar un poco la creación atendiendo a una sugerencia temática... una de ellas fue escribir algo sobre un espejo y el reflejo que se produce.
Voilà!

Una silueta que se desvanece

En tu departamento de soltero se escucha el rechinar de las llaves que dan por terminado el paso del agua que caía de la regadera. En tu radio, una estación sintonizada en la banda de AM toca una canción de un cantante pasado de moda, a quien disfrutas mucho cuando estás solo.
Limpias el espejo con agua y un poco de jabón, para que la bruma que queda por el vapor no logre empañarlo. Tiene una forma ovalada y amplía todo lo que refleja, haciendo más perceptibles las imperfecciones. Eso que se proyecta no es más que el paso del tiempo materializado de una manera poco ventajosa para ti. No te perturba la imagen, porque después de un buen baño y la afeitada que estás llevando a cabo los años se desvanecerán y, junto con el agua que baja por el desagüe, se irán lejos, a donde no puedas verlos aunque sea por un rato más. Ahora te alistas para salir a la nueva discoteca. En tu mente te corriges, no es discoteca, es antro. Un poco de vaselina en el cabello no te caería mal, pero te preocupa un poco que el tarro de vaselina te haya tardado más que los anteriores. Te acercas más al espejo y con las tijeritas especiales te cortas los pelos que se asoman de tus fosas nasales. Ahora que terminaste de pasar navaja, te llenas de alcohol la cara, como te enseñó tu padre, y te pegas trocitos de papel en las pequeñas heridas. Ahí también cada vez te lastimas más: tu piel ya no está tan lisa como antaño y eso provoca que la navaja no se deslice como debería. Rocías la clásica lavanda en tu pecho antes de que vistas esa camiseta ya tan holgada por culpa del tamaño de tu barriga. Te alejas de la imagen. Buscas unos calzones y todos son iguales, de esos blancos con el elástico que aprieta para afuera. Mientras terminas de ponerte las demás prendas piensas qué sucederá esa noche con tus amigos. Te sientes bien estando con ellos, aunque no los conozcas desde hace mucho, a causa de la diferencia de edades y de que llevas poco tiempo viviendo en ese departamento. Sin embargo, sabes que fuiste bien recibido en su grupo y que tu presencia, lejos de incomodarles, les agrada, incluso llegan a bromear en exceso contigo. Te consienten mucho, hasta te han puesto ya un apodo: “el abuelo”. Según tú, porque seguramente ven en ti a alguien maduro y lleno de experiencia, así que no te incomoda que te apelen así.
Regresas frente al espejo para ver la transformación en un casanova al asecho. Tu aspecto pretende asimilarse al de los tipos que ves en los lugares que frecuentas. Y aunque en el fondo no te sientes completamente cómodo con esas prendas, nunca lo dices. Haciendo un guiño para el espejo, reflejas carisma para poder sentirte en ambiente y, de paso, cuando estés en el momento y lugar apropiados, puedas pescar alguna jovencita, situación que también cada vez acontece con menos frecuencia; de cualquier manera, eso se lo atribuyes a una mala racha por la que todos pasan.
Para cuando terminas de vestirte y acicalarte como crees conveniente, en el espejo notas que ya estás lleno de sudor. Con tu pañuelo te secas y el espejo te ayuda a que no quede ninguna zona sucia. Cuando te acercas lo suficiente a él, asimilas toda esa masa adornada, te impacta tanto el reflejo que permaneces quieto mirándolo. Parece que escuchas a lo lejos una carcajada que proviene de ti mismo... o de la imagen. Es una risotada burlona que parece estar compadeciéndote por lo ridículo que te ves. Tratas de controlar tu vergüenza sonriéndote como si estuvieras en frente de una de tus conquistas, pero sólo consigues darte más lástima. Aprietas los puños y los dientes fuertemente. Golpeas el lavabo. Tu sonrisa va mutando en una risa leve, que se convierte en esa risita incisiva que va abriendo paso a la carcajada que te parecía escuchar, hasta que prorrumpes en un llanto inconsolable recargado en el cristal, empañándolo con un vaho de impotencia y manchándolo con lágrimas de aflicción.



Oyes el estruendo que retumba en el reducido espacio donde todos toman, se contonean, se agasajan, se ausentan. Tú, “el abuelo”, estás sentado solo en la mesa, con tu vaso a medio llenar en la mano derecha, y tu cigarro en la opuesta. Sonríes porque estás con los tuyos, aunque ellos estén ocupados besándose o coqueteando con alguien más. Sabes que regresarán y te contarán sus aventuras, y tú, como el hombre de mundo que eres, reprobarás o aplaudirás las vivencias de tus camaradas. Ya olvidaste el ataque sufrido hace unas horas. La imagen ahora está lejos... pero un espejo está esperándote en el lugar menos pensado.

20 de mayo de 2003

3 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y el temblor? No dijiste nada del temblor, ingrato.

Anónimo dijo...

¿Y el temblor? No dijiste nada del temblor, ingrato.ingrato.

Anónimo dijo...

¿Cómo sabes todo lo que me pasó esa vez que viví con unos chavos? ¿Me espiabas? ¿Alguno de ellos te contó? Ya no salgo al antro, me duelen mucho las rodillas. Y no uso vaselina, de esa usaba mi papá, yo uso brillantina.